San Gelasio, San Demetrio, San Mauro, San Alejandro, San Rufo, San Romeo, San Basilio, San Auxilio, San Saturnino, San Celso, San Clemente, San Honorio, San Heliodoro, San Eutiquio, San Esteban, San Digain.
No sé si esto de las encomiendas está funcionando bien o quizás es que la gente tiene muy poca fé. Porque mientras colgaban en internet la receta y el santo protector, al informático y a su compañera, directora de los reportajes diarios, se les quemó la comida y parte de la cocina. Y mira que todos los días ofrecemos un montón de posibilidades.
Pero bueno el resto sigue sin mayores contratiempos y hoy encomendamos el rodaje a San Demetrio que como les acontece a menudo a los cineastas asumió con profesionalidad los destinos y misiones más arriesgadas Erudito como pocos resulta irónico que fuera tan alabado en la Rusia Ortodoxa, siendo él cristiano católico.
SAN DEMETRIO DE ROSTOV
Nacido en Kiev (Ucrania); murió en Rostov (Rusia) el 24 de noviembre de 1709.
Se hizo célebre en Rusia con su Flos sanctorum, que es un clásico de la prosa rusa al tiempo que un libro de piedad. Nada más aparecer el primer tomo recibió el aplauso general. Pedro el Grande envió dos abrigos de zorro al autor para recompensarle. Al saberlo, el patriarca (Ortodoxo) de Moscú tuvo que resignarse a enviarle su santa bendición, después de haberse negado a acusar recibo de un libro en el que se olfateaba un cierto tufillo romano (la inmaculada Concepción, etc.).
Lo del regalo de los dos abrigos y la samta bendición lo entendió cuando al poco recibió el nombramiento de metropolitano de Siberia “con el fin de conducir a este país, así como a China, a la adoración del verdadero Dios”. El Tomo III (julio-septiembre) de su flos sanctorum acababa de aparecer (1700). El pobre monje, que solo amaba el estudio y la contemplación, se puso en el camino llorando.
Volvió enfermo en Moscú y Pedro el Grande fue a su cabecera. Demetrio le hizo ver que no había bibliotecas en Siberia y el zar pudo conmutarle la pena nombrándole esta vez metropolitano de Rostov, diócesis donde abundaban “los sacerdotes estúpidos y borrachos y donde ni siquiera las mujeres y los niños comulgaban”. Rara vez se vio un obispo mejor. Era un hombre pequeño, rubio, delgado, flaco de talle y barba en punta, de una infinita dulzura y bondad. Dejó este mundo cuatro años después de la publicación de su tomo IV (1705). Le encontraron muerto una mañana, de rodillas junto a su cama.